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Lección 05 Febrero 01 de 2026

  • Admin
  • 6 feb
  • 4 Min. de lectura

PARA LOS NIÑOS “La Primera Iglesia Cristiana”

Propósito: Motivar para que, como creyentes en Cristo, amemos a nuestros hermanos como a nosotros mismos, y también para que amemos más las cosas de Dios que las de este mundo, porque, si lo hacemos así, nuestro testimonio será una luz que alumbrará a los hombres que andan en tinieblas.

Introducción: Después de que los discípulos recibieron instrucciones, antes de la ascensión del Señor Jesucristo, ellos esperaron con paciencia la promesa del Consolador, y mientras, convocaron a la elección de Matías para completar los doce discípulos. Después, en el Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo sobre todos los creyentes, los doce discípulos dejaron de ser aprendices para convertirse en apóstoles, es decir, en enviados del Señor. El que pudieran hablar en distintas lenguas o idiomas fue una señal para que acudieran a la orden de “ir por todo el mundo y predicar el evangelio”. El primero en compartir las buenas nuevas de salvación fue Pedro, que ese mismo día dio un discurso poderoso, con el cual se convirtieron los que también vinieron a formar, junto con los 120 seguidores, la primera Iglesia cristiana.

 

I. Sus Miembros, v. 41

Como resultado de la predicación de Pedro, hubo una gran movilización de los presentes en ese día, porque deseaban ser bautizados como evidencia externa de que habían aceptado el evangelio de salvación que Pedro había predicado. Algo maravilloso sucedió, porque se añadieron aquel día a la compañía de creyentes que formaron la iglesia, como tres mil personas; esta fue una prueba del poder del Espíritu Santo en la conversión de las almas. Con toda certeza, la predicación de Pedro dio fruto en abundancia. Este pescador galileo, sin duda, recordó las palabras del Señor Jesús: “Os haré pescadores de hombres” Mt. 4.19. Sin lugar a duda, hubo un registro de convertidos; por eso se declaró que fueron como tres mil conversos. Esta solo fue una muestra del poder del Espíritu Santo, que obra en el corazón del pecador para arrepentimiento y salvación.

 

II. Perseverante y Temerosa de Dios, vv.42-43

Los primeros convertidos se ocuparon de: 1. Aprender la doctrina que predicaban los apóstoles, esas enseñanzas que fueron inspiradas por el Espíritu Santo y que primero fueron predicadas a viva voz y después escritas para ser preservadas hasta nuestro tiempo. 2. Otra evidencia de la nueva vida en Cristo es el deseo de los nuevos creyentes de formar parte del pueblo de Dios y compartir, en comunión, todas las cosas; ese es el deseo del verdadero cristiano: “el estar separados del mundo para unirse más con Dios y su iglesia.” 3. El partimiento del pan. Esta expresión se emplea en el Nuevo Testamento para referirse a la “Cena del Señor”. La práctica de los creyentes primitivos era partir el pan el primer día de la semana, es decir, el domingo Hech. 20.7. 4. Las oraciones. Ésta era la cuarta práctica principal de la iglesia primitiva y expresaba una total dependencia de Dios para su servicio y la nueva vida en Cristo. Sobre el pueblo vino gran temor de Dios, es decir, un respeto de gran reverencia hacia Él, de tal manera que el poder del Espíritu Santo usaba a los apóstoles para efectuar muchos milagros y señales que tenían el propósito de mostrar la veracidad del evangelio de salvación.

 

III. En Armonía y Crecimiento, vv. 44-47

Los creyentes se reunían continuamente y compartían todas las cosas; tan poderoso era el amor de Dios en sus corazones que no les dolía desprenderse de sus posesiones para dar a sus hermanos, porque siempre que había una necesidad entre los creyentes, vendían sus propiedades y distribuían el dinero adquirido según la necesidad que las personas tuvieran. Por lo tanto, había igualdad entre los que habían creído y unidad de corazón. El egoísmo no existía; el amor al prójimo era evidente, resultado de una vida llena del Espíritu Santo. Un verdadero creyente no puede cerrar la mano e ignorar la necesidad de su hermano. Los hermanos asistían diariamente a los servicios en el Templo, oían la lectura y exposición de la Palabra de Dios; también se reunían en los hogares para compartir los alimentos, con alegría y sencillez de corazón. La vida de los creyentes vino a ser un himno de alabanza y un salmo de acción de gracias para quienes habían sido librados del poder de las tinieblas y trasladados al Reino de Dios; por esta razón, el Señor añadía cada día a la Iglesia a los que había predestinado para salvación.

 

Conclusión: Niñitos, los creyentes sabían que eran el pueblo de Dios; se consideraban separados del resto del mundo y reconocían que su ciudadanía estaba en el cielo, no en la tierra, y que los principios y las leyes con las que debían gobernarse procedían de lo alto. Este mundo presente era solo temporal; su verdadera vida estaba en el cielo, así que los empleos y trabajos en la tierra eran secundarios y les daban poca importancia. En la vida cotidiana de la iglesia estaba presente el Espíritu Santo, y su fruto era tan evidente que el evangelio prosperaba. Como el Señor se agradaba de esto, añadía cada día a los que habían de ser salvos. Niñitos, como esos primeros creyentes, amemos a nuestros hermanos en la fe como a nosotros mismos, y amemos más las cosas de Dios que las cosas de este mundo, para que nuestro testimonio sea una luz que alumbre a los hombres que andan en tinieblas.

 

 

CATECISMO INFANTIL

Pregunta No. 38

¿Puede alguno con esta naturaleza pecaminosa entrar al cielo?

Respuesta: No, pues hay necesidad de una mudanza de corazón para prepararnos a entrar al cielo.


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